I. El fin del partido único y el peso de la ideología
Este largo ciclo electoral reconfiguró gran parte del sistema político boliviano, al menos del sistema de partidos. De las declaraciones del presidente Rodrigo Paz, lo que pasó desapercibido por muchos analistas y medios fue una frase aparentemente simple: ‘se deja atrás el tiempo del partido único’. A eso habría que añadir algo más: se deja atrás, también, la ideología como centro organizador del pensamiento político.
Pero dejar atrás no significa haberlo superado. Sino que el viejo orden ya no puede sostenerse. Y esa diferencia importa enormemente.
Antonio Gramsci, el filósofo político italiano que escribió sus obras más importantes desde una celda fascista, tenía un nombre para este momento: crisis orgánica. Se trata de un momento histórico en que un bloque histórico, conformado por una alianza de clases, intereses y narrativas que sostiene un orden político, pierde su capacidad de dirigir, de producir consenso, de representar a la sociedad. En ese momento, dice Gramsci; lo viejo está muriendo pero lo nuevo no puede nacer. Y en ese interregno se producen los más diversos fenómenos morbosos.
Bolivia lleva años en ese interregno. Las últimas elecciones no son el fin del proceso: son apenas su primer síntoma visible.
II. Veinte años de hegemonía: cómo el MAS construyó su mundo
Para entender la crisis hay que entender primero lo que se está derrumbando. Los últimos veinte años no fueron simplemente un período de dominio electoral del MAS. Fueron la construcción de una hegemonía cultural en el sentido más gramsciano del término.
Gramsci distinguía la dominación por la fuerza, como coerción, de la dominación por el consenso: la hegemonía. Cuando un orden hegemónico funciona, los dominados no solo obedecen: creen. Los valores, las narrativas y la visión del mundo del bloque dominante se vuelven sentido común. Se vuelven “el orden natural de las cosas”.
El MAS logró exactamente eso. No era raro ver que medios de comunicación, analistas, investigadores, periodistas y profesionales de distinta índole respondían, directa o indirectamente, al partido de turno. La narrativa de la refundación de Bolivia, del Estado plurinacional, de la soberanía sobre los recursos naturales, no solo ganó elecciones: configuró el horizonte de lo pensable para una generación entera.
Este dominio se tradujo en la configuración de un Estado que también respondió a los intereses de turno. El país cambió su Constitución Política en una parafernalia de refundación que no solo buscó cristalizar esa narrativa predominante, sino que también se tradujo en el debilitamiento sistemático del sistema judicial: una multiplicidad de jueces, fiscales y operadores que dejaron de responder al Estado de derecho para responder al partido. Aprovechamiento de vacíos legales. Persecución de ciudadanos. Contratos opacos. Gastos discrecionales. Corrupción institucionalizada.
Y debajo de todo eso, deteriorándose silenciosamente: la educación, la salud, el sistema industrial, el modelo energético. El Estado boliviano no solo enfrenta hoy una crisis económica sino también institucional. Una debilidad que se asemeja, sin exagerar, a un castillo de naipes frente a las ráfagas del viento.
III. La fisura: cuándo empezó realmente el derrumbe
El agotamiento del sistema se expresó primero como un debilitamiento de la cohesión interna del modelo masista. La ruptura entre Evo Morales y Luis Arce no fue una disputa de egos: fue el síntoma de que el bloque histórico había perdido su coherencia interna.
Gramsci es preciso al señalar que cuando las élites dirigentes de un proyecto político se fracturan, el efecto no se limita a la cúpula. La fisura de las clases dirigentes deriva necesariamente en el rompimiento de la cohesión de las masas. Y así ocurrió: la ruptura Morales-Arce influyó en el distanciamiento de figuras como Andrónico Rodríguez, aceleró la desconfianza de las bases, y terminó por quitarle al MAS la legitimidad ante la sociedad para gobernar y encarar la crisis económica.
Esto tiene una consecuencia analítica importante: los que esperaban que la derrota electoral del MAS resolviera los problemas del país estaban mirando el síntoma, no la enfermedad. El problema no era el MAS en el gobierno. El problema es la crisis orgánica de una sociedad que no ha logrado construir un nuevo bloque histórico capaz de reemplazar al anterior.
IV. Rodrigo Paz y el peso de las expectativas
Con la elección de Rodrigo Paz, el sistema político formal no cambió en nada de la noche a la mañana. Pero para mucha gente se convierte en una esperanza de cambio. Lo mismo puede decirse de la elección de figuras outsiders como Mamen Saavedra o JP Velasco: todos responden a un intento desesperado de la ciudadanía por romper con la situación del país.
Y aquí está el peligro más inmediato. Tienen la tarea titánica de desmontar un Estado construido para servir a una ideología y, al mismo tiempo, satisfacer las esperanzas que la población ha depositado en ellos. Para ese fin deberán tomar decisiones profundamente complejas que afectarán a diversos sectores, pero que serán necesariamente orientadas al bien común: reformas legales, reingeniería institucional, decisiones que van a doler antes de sanar.
Mientras tanto, el país sigue pagando las cuentas de gestiones ineficientes. Una indemnización de 105 millones de dólares a BBVA por la mal llamada nacionalización de las AFP. Las constantes renuncias de presidentes de YPFB ante una petrolera estatal deteriorada por candados burocráticos que requieren una reingeniería legal y administrativa urgente. Así como la renuncia de Medinacelli. Resultados de una economía en la que el Estado pretendió ser protagonista y dejó tras de sí una institucionalidad rota.
No cumplir con las expectativas depositadas en estos nuevos actores no puede generar mayor desafección. Bolivia no puede permitirse otro ciclo de desilusión.
V. Más allá de la técnica: el problema cultural
Gramsci insistía en que la lucha política no es solo parlamentaria o económica: es, ante todo, una lucha cultural. Quien controla el sentido común, controla el horizonte de lo posible.
Por eso el desafío que enfrenta Bolivia va más allá de lo exclusivamente técnico. No se trata solo de cambiar el enfoque de las políticas públicas, presentar nuevas leyes o corregir los números del presupuesto. Se trata también, y quizás principalmente, de un cambio en la cultura de los ciudadanos. De construir un nuevo ecosistema narrativo que respalde la vía democrática, la independencia de poderes, el imperio de la ley, la confianza en las instituciones.
En términos gramscianos: se necesita producir nuevos intelectuales orgánicos. No los académicos de torre de marfil, sino los pensadores, comunicadores, organizadores y educadores capaces de traducir ese nuevo proyecto en sentido común. Capaces de hacer que la democracia liberal, el Estado de derecho y la separación de poderes no sean solo consignas de campaña, sino convicciones genuinas de una mayoría social.
La derecha boliviana, si es que puede llamarse así a lo que ganó estas elecciones, nunca ha sido buena en eso. Ha sabido ser la negación del otro: anti-MAS, anti-Evo, anti-socialismo. Pero construir una hegemonía positiva, un relato propio que movilice y convenza, es una tarea distinta y mucho más difícil.
VI. Guerra de posiciones, no de movimientos
Gramsci distinguía entre la guerra de movimientos, como asalto frontal al poder, y la guerra de posiciones, como conquista lenta y paciente de las instituciones, los medios, la cultura, el sentido común. En las sociedades modernas con aparatos institucionales complejos, la transformación real no ocurre en el momento del asalto. Ocurre en el trabajo previo de años.
El error que Bolivia no puede volver a cometer es el de apostar todo al momento electoral, al caudillo correcto, al líder providencial que lo resuelva todo desde arriba. Eso es exactamente lo que el MAS hizo durante veinte años, y lo que dejó fue un Estado sin instituciones propias, una sociedad sin cultura democrática arraigada, y una economía sin fundamentos sólidos.
La alternativa no es repetir el mismo método con distinto signo político. La alternativa tiene que ser la construcción paciente de lo que Gramsci llamaba una reforma intelectual y moral: el trabajo de largo plazo en la cultura, en la formación de nuevas generaciones de ciudadanos y de cuadros políticos, en la construcción de instituciones que sobrevivan a los gobiernos.
VII. Lo que viene: construir lo que no existe
Gramsci escribió sus mejores páginas desde una celda, sabiendo que no vería el mundo que ayudaba a pensar. Su lema era: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad. Mirar la realidad sin ilusiones y, al mismo tiempo, mantener la voluntad de construir algo nuevo.
Bolivia está en su interregno. Lo viejo está muriendo:el partido único, la ideología como sustituto de la gestión, el Estado al servicio del caudillo. Lo nuevo todavía no nace todavía. Hay actores nuevos, hay esperanzas nuevas, hay un mandato electoral claro de cambio. Pero un mandato electoral no es todavía un nuevo bloque histórico.
La pregunta que Bolivia no puede esquivar es esta: ¿quién va a construir lo nuevo? No quién va a ganar las próximas elecciones. Sino quién va a hacer el trabajo cultural, institucional y político de largo plazo que haga posible que Bolivia, por fin, deje de vivir en el interregno.
Rodrigo Paz, Mamen Saavedra, JP Velasco y quienes vengan después tienen ante sí no solo una agenda de gobierno. Tienen ante sí la tarea de ser los intelectuales orgánicos de una Bolivia que todavía no existe. Una Bolivia donde las ideologías no reemplacen a la gestión, donde el Estado sirva a los ciudadanos y no al partido, donde las instituciones sobrevivan a los gobiernos.
Gramsci lo sabía: esa tarea no se resuelve en un período de gobierno. Pero tiene que empezar en algún momento. El momento es ahora.


