Se ha señalado que «la historia del concepto de democracia es curiosa; la historia de las democracias es enigmática» (Held, 1996: 15). Ganar una elección favorece por supuesto a los electores que, optando por su candidato, pensaron, analizaron, meditaron y a la hora de la hora, fueron a su recinto electoral carnet por medio, a emitir su voto. Ahora, los perdedores lo hicieron de la misma manera y con las mismas expectativas de ver a su candidato encaramado en el poder, y al final, tuvieron que contentarse y claramente sujetarse al candidato ganador.
Tanto Juana como Pedro pusieron su futuro de los siguientes 5 años en manos de algún candidato que se convirtió en gobernante nacional o regional, provinciano o de cantón. Ellos confiaron en las propuestas electorales y bajo la premisa de una democracia representativa, se sintieron contentos de tener personas en el parlamento o asamblea legislativa para lograr ver su anhelo de un país de progreso.

Ahora, «este planteamiento implica considerar tanto el procedimiento a través del cual se selecciona a los representantes como las características que éstos han de poseer. Se trata de seleccionar a una persona que «nos sustituya personificándonos […]. Los miembros de las corporaciones medievales se sentían representados no porque eligiesen a sus mandatarios, sino porque mandatarios y mandados se pertenecían» (Sartori, 1992: 234).
En ese sentido, hoy en día muchas de estas representatividades han venido a ser meros discursos alegóricos, insufribles promesas no cumplidas, clásicas prebendas electorales vociferadas al calor de los mítines políticos. Nosotros los electores nos convertimos en el común de los casos, en los «tontos útiles», aquellos que a través de la hipnosis electoral sucumbimos en las profundidades de los sutiles aromas del engaño y volvemos a nuestra realidad el momento en que vemos encaramados en el poder a los candidatos que votamos y que ya no nos reconocen ni nos representan, porque ahora velan por sus intereses individuales y/o hacen caso obedientemente, al partido que pertenecen, que los obliga a someterse bajo amenaza o que los ha adoctrinado de tal manera que solo responden como verdaderos autómatas al «jefecito» quien les dio la oportunidad de prometer y no cumplir.
Durante las últimas décadas se ha debatido profusamente acerca de las transformaciones de la democracia representativa. El diagnóstico es de crisis o, al menos, de replanteamiento de los principios en los que se asienta. Gracias a las redes sociales y los medios masivos, los electores han aprendido a identificar a los malos representantes y a su vez muchos de estos han sido descubiertos «in fraganti» en momentos de dudoso comportamiento lo que los ha decepcionado profundamente y ha cansado al momento de ir a cumplir con su deber electoral.
Los electores han aprendido a identifificar a los malos representantes y a su vez muchos de estos han sido descubiertos «in fraganti»
Mario Bohorquez Renjel
Así los electores han adquirido niveles de educación más elevados y desarrollado nuevos intereses que los hacían más exigentes respecto a la oferta de los partidos. «Los indicadores que, entre otros, se utilizan para documentar la existencia de tal crisis de representación son la pérdida de legitimidad de los partidos políticos, el declive en los niveles de identificación partidista, la creciente volatilidad y la disminución en la participación política.» (Andeweg, 1996; Paramio, 1999).
Bibliografía
Held, D. 1996. Modelos de democracia. Madrid: Alianza. Sartori, G. 1992. Elementos de teoría política. Madrid: Alianza.
Andeweg, R. 1996. “Elite-mass Linkages in Europe: Legitimacy Crisis or Party Crisis?” En Elitism, Populism and European Politics, compilado por J. Hayward. Oxford: Clarendon Press.
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