El último cabildo de El Alto se convocó con la idea de “estallar una revolución en Bolivia que se desarrolle por la vía democrática o por el derramamiento de sangre”. Estas declaraciones son tan estridentes como ineficaces no por las exigencias, sino por la falta de un verdadero proyecto político que transforme los cimientos del país.
El Senador Nilton Condori ha expresado su intención de “cerrar 200 años de la delincuencia política de esta élite ociosa y abrir otro ciclo político”. Durante el cabildo mostró su intención de presentar dos proyectos de ley; uno para la reducción de sueldos de las autoridades y otro para la eliminación de la renta vitalicia de expresidentes.
Pero las buenas intenciones no resuelven el fondo del asunto, incluso con la supuesta confrontación violenta. Lo que sí deja son pistas sobre el agotamiento y desafección de la población frente al sistema que impera. En el fondo el problema se encuentra en la falta de cuestionamiento sobre cómo se manejan las dinámicas internas de la sociedad, por ejemplo, la deficiencia generalizada en el sistema educativo tanto público y privado, la corrupción estatal o una economía paupérrima. Lamentablemente estos temas no entran en la agenda pública como sí lo hacen otros temas superficiales; no se ven políticos exigiendo un cambio en la educación universitaria mientras sí reclaman por la calidad de la gasolina.
Las dinámicas internas de una sociedad se reflejan irremediablemente en su sistema político; líderes, partidos, ideologías y marcos narrativos. Por lo tanto, enfocarse solo en el sistema político es igual a enfocarse en las consecuencias, pero nunca llegar a la causa primigenia. Entonces, querer remediar el problema de Bolivia corrigiendo el comportamiento de sus políticos es una señal de no se ha cuestionado o examinado lo suficientemente el problema y nos hemos quedado con las respuestas fáciles que ofrece el caudillismo.
La cuestión de fondo es cultural. Para cambiar Bolivia primero debemos cambiar la educación, el sistema económico, la justicia, el sistema de salud y hasta los medios de comunicación. No se ha visto que los políticos hagan frente a que Bolivia es el tercer país más corrupto de Sudamérica según el Índice de Percepción de Corrupción 2025 de Transparency International, tampoco hacen nada para corregir una nota de 11/100 en transparencia presupuestaria en la encuesta realizada por International Budget Partnership, también se evidenciaron múltiples casos de persecución política por medios judiciales como lo fue el caso terrorismo, entre otros fenómenos que evidencian el deterioro del sistema democrático boliviano.
Ahora bien, lo definitivo es como iniciará el cambio. Si será motivado por el pueblo o empieza desde la élite política. Es cierto que muchos movimientos sociales son capaces de demostrar descontentos y hasta generar cambios, pero deben ser conducidos idóneamente por políticos con objetivos claros sobre cómo el transformar el sistema. Tal vez como lo hicieron los padres fundadores de Estados Unidos, los pactos de la Moncloa, o se hizo la transición en República Checa. Que a todas luces fueron actos pensados en el bien público más que en intereses partidistas. La verdad es que también seguirán existiendo políticos que aprovechan el momento político para crecer su imagen política, es decir emprendedores políticos, como aquellos personajes que están motivados por la obtención de un beneficio material y que como medio e impulsó definitivo utilizan circunstancias para buscar este fin personal.
Pero la cuestión que estriba es: hasta qué punto alguien puede luchar por la justicia, la verdad, la independencia y hasta luchar contra la corrupción en una sociedad que está acostumbrada a esos vicios. No es más bien probable que aquellos políticos que luchen incisivamente contra un sistema terminen pareciéndose a este. Sócrates señaló, en la Apología escrita por Platón; “en una ciudad donde reina la injusticia, un hombre justo que se oponga a la multitud en el ámbito político no sobreviviría mucho tiempo”. La razón es que los cuestionamientos que confrontan e incomodan el estilo de vida común de una sociedad despertarán enemigos de todos los signos y se terminará librando una batalla casi imposible. Pero mientras esa batalla siembre en el pensamiento colectivo la idea de que algo se está haciendo este mal y se necesita cambiar, entonces es posible que los sentimientos de cambio se intensifiquen hasta que finalmente llegue el cambio. El anhelo es que Bolivia empiece a moverse en ese clima y dirección, por lo cual, todo movimiento como el que impulsó el senador siempre apunta en el sentido positivo, aunque no resuelva el fondo del asunto.
*El autor es politólogo.



