La afirmación “el pobre es pobre porque quiere” suele presentarse como una explicación simple de la pobreza, atribuyéndola únicamente a la falta de esfuerzo individual o a decisiones personales equivocadas. Sin embargo, el análisis económico y social contemporáneo demuestra que esta idea es reduccionista y desconoce factores estructurales profundos que condicionan las oportunidades reales de las personas dentro de un determinado sistema socio económico. A partir de la evidencia sobre desigualdad económica, movilidad social, funcionamiento de los mercados y políticas públicas tendientes a reducir las brechas de desigualdad; resulta claro que la pobreza no es simplemente una cuestión de voluntad individual, sino el resultado de múltiples condicionantes sociales, políticas e institucionales.
La desigualdad de oportunidades limita seriamente la capacidad de las personas para mejorar su situación económica. El acceso a educación de calidad, salud, redes sociales y capital inicial no está distribuido de manera equitativa. Las familias con mayores recursos pueden proporcionar mejores escuelas, formación temprana, contactos laborales y estabilidad económica a sus hijos, mientras que los sectores más pobres suelen enfrentarse a sistemas educativos deficientes, precariedad laboral y carencias básicas desde la infancia. Esta transmisión intergeneracional de ventajas y desventajas explica por qué la movilidad social es reducida en sociedades muy desiguales ya que no todos parten desde la misma línea de salida y con las mismas condiciones.
La estructura económica también influye en la persistencia de la pobreza. Diversos estudios muestran que el crecimiento económico es más sostenible cuando la riqueza se distribuye de manera relativamente equitativa. El índice de Gini por ejemplo es un indicador económico social para medir las brechas de desigualdades entre los muy ricos y los muy pobres. Sociedades con una brecha más estrecha tienden a desarrollarse mejor a gran escala. Cuando existe una concentración excesiva del ingreso, disminuye la demanda interna, se limita el acceso a educación y capacitación, y se desaprovecha el potencial productivo de grandes sectores de la población. Esto no solo afecta a los pobres, sino que reduce el dinamismo económico general. Por tanto, la pobreza no puede explicarse solo por decisiones individuales, sino también por cómo están organizadas las instituciones económicas y las políticas públicas.
La creciente concentración empresarial a escala global por sobre los Estados, el debilitamiento de la negociación colectiva y ciertas prácticas financieras pueden generar salarios estancados y condiciones laborales precarias, incluso en contextos de aumento de la productividad. Esto implica que el esfuerzo individual no siempre se traduce en mejora económica. Muchas personas trabajan largas jornadas y aun así permanecen en situación de pobreza, lo que contradice la idea de que basta con “querer salir adelante”. Contrariamente los nuevos ricos devienen de familias que siempre fueron ricas, una especie de prosperidad por herencia.
Asimismo, la desigualdad también se manifiesta en el acceso a la justicia y en la capacidad de influir en las reglas del juego económico. Los sectores con mayor poder económico suelen tener más capacidad para influir en políticas fiscales, regulaciones o marcos legales que pueden perpetuar privilegios. Esto incluye mecanismos como evasión fiscal legal, paraísos fiscales o normativas financieras favorables a ciertos intereses, como la exención de impuestos a las grandes fortunas, por ejemplo. Tales dinámicas refuerzan la concentración de riqueza y dificultan la redistribución, afectando directamente las oportunidades de los sectores más vulnerables.
Es importante considerar el componente cultural y psicológico. La pobreza prolongada genera estrés, inseguridad y limitaciones asociadas a la supervivencia cotidiana, lo cual puede afectar la toma de decisiones y las posibilidades de planificación a largo plazo. Lejos de ser una elección voluntaria, muchas veces es una condición que restringe severamente las opciones reales de las personas.
Por tanto, afirmar que “el pobre es pobre porque quiere” es una frase simplista utilizada por gente ignorante de la complejidad de los procesos económicos y sociales que producen y reproducen la pobreza. La evidencia indica que factores estructurales como la desigualdad de oportunidades, la organización del mercado laboral, las políticas públicas, la concentración económica y las barreras educativas desempeñan un papel determinante en la perpetuación o superación de la pobreza. Reconocer estas dimensiones no significa negar la importancia del esfuerzo individual, sino entender que dicho esfuerzo se desarrolla dentro de contextos desiguales. Solo a partir de este reconocimiento es posible diseñar políticas más justas y efectivas que promuevan verdaderas oportunidades para todos.
*La Revista Fizuras no adopta posiciones colectivas. Las publicaciones sólo representan las opiniones de sus autores individuales.

Gabriel Villalba Pérez
Abogado y magister en gestión de la comunicación.



