«¿De qué forma podemos organizar las instituciones políticas a fin de que los gobernantes malos o incapaces no puedan ocasionar demasiado daño?»
Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, vol. I
*Alvaro Chipana
Hablar de libertad se ha vuelto paradójico: cuanto más se la invoca, menos claro queda qué significa realmente. Este término aparece en discursos oficiales, proclamas opositoras, marchas, redes sociales y textos constitucionales, pero rara vez se traduce en una experiencia concreta para los ciudadanos. La libertad es presentada alternativamente como igualdad material, participación política, soberanía popular o reivindicación histórica, mientras se posterga una pregunta más incómoda: si una persona puede planificar su vida sin depender del humor del poder.
Esta ambigüedad no es accidental, responde a una disputa profunda entre distintas concepciones de la libertad que atraviesan la filosofía política moderna y reaparecen cada vez que el poder reclama para sí la tarea de “realizar” la libertad en nombre de otros. Cuando la libertad deja de ser un límite y se convierte en un objetivo administrado desde arriba, pierde su función principal que debería ser la de proteger al individuo frente a decisiones discrecionales. En ese desplazamiento semántico, la libertad deja de operar como condición y pasa a funcionar como promesa.
A comienzos del siglo XIX, Benjamin Constant advirtió con notable claridad este riesgo. En su célebre discurso De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, sostuvo que las sociedades modernas corrían el peligro de confundir dos ideas incompatibles. La libertad de los antiguos descansaba en la participación directa y permanente en el poder político, pero exigía una subordinación casi total del individuo a la comunidad. La libertad de los modernos, en cambio, se apoyaba en algo más silencioso pero decisivo: la existencia de un ámbito privado protegido frente al Estado.
Constant lo formuló sin ambigüedades: “La independencia individual es la primera necesidad de los modernos; por lo tanto, no debe sacrificarse jamás a la libertad política.” Su advertencia no era una defensa del aislamiento ni del desinterés cívico, sino una constatación realista. Así cuando la política absorbe toda la idea de libertad, el espacio personal se vuelve frágil y cuando ese espacio se debilita, la participación deja de ser una forma de autogobierno para convertirse en un mecanismo de vigilancia recíproca.
El énfasis casi exclusivo en la movilización, la militancia y la acción colectiva suele presentar la libertad individual como una forma de egoísmo o como una herencia ideológica sospechosa. Al mismo tiempo también advertía que los ciudadanos que renuncian a defender sus libertades privadas en nombre de una causa común terminan perdiendo ambas cosas, ya que ni controlan efectivamente el poder ni conservan su autonomía personal. La política, privada de límites, se emancipa de quienes supuestamente la ejercen.
Un siglo después, Isaiah Berlin reformuló esta tensión con una claridad conceptual que sigue siendo incómoda, con su célebre distinción entre libertad negativa y libertad positiva no pretendía establecer una jerarquía moral simple, sino advertir sobre una deriva recurrente. La libertad negativa que es la ausencia de coacción define un espacio protegido frente al poder y la libertad positiva siendo la idea de autodeterminación introduce una pregunta peligrosa: ¿quién decide qué significa realizarse verdaderamente?
Él fue explícito en su advertencia: “La libertad para los lobos ha significado con frecuencia la muerte para las ovejas.” La frase, deliberadamente provocadora, apuntaba a un problema central, que cuando la libertad se redefine como un fin sustantivo que debe alcanzarse, el poder encuentra una justificación para intervenir, corregir y forzar.
Muchas de las peores formas de dominación, recordaba Berlin, no se legitimaron en nombre del orden, sino de la liberación. Ya que cuando alguien afirma conocer los verdaderos intereses de los individuos mejor que ellos mismos, la coacción adquiere un ropaje moral y con ello la libertad deja de ser una condición previa y se convierte en un resultado administrado, en ese punto, la frontera entre gobierno y adoctrinamiento se vuelve difusa.
Este razonamiento resulta especialmente relevante cuando las políticas públicas se presentan como instrumentos de redención histórica o corrección moral. Las desigualdades existen y no deben negarse, pero cuando su tratamiento se combina con la erosión de los contrapesos institucionales, la subordinación de la justicia al poder político o la deslegitimación sistemática del disenso, el resultado no es más libertad, sino una redistribución del poder en favor de quienes lo gestionan y el individuo, en lugar de emanciparse, queda más expuesto.
La democracia, por su parte, tampoco ofrece garantías automáticas. Alexis de Tocqueville lo advirtió tempranamente al observar que el gobierno de la mayoría podía derivar en una forma silenciosa de tiranía. “No conozco país alguno donde reine, en general, menos independencia de espíritu y verdadera libertad de discusión que en América,” escribió, señalando que la presión social podía ser tan eficaz como la coerción legal.
Esa igualdad política, sin límites claros, tiende a uniformar, porque cuando la mayoría se percibe a sí misma como encarnación del bien común, la disidencia deja de ser una opinión legítima y pasa a ser una desviación moral. Donde el respaldo electoral, por sí solo, no convierte cada decisión del poder en justa ni cada crítica en ilegítima. Tocqueville comprendió que la democracia puede degradarse no solo por la fuerza, sino por la concentración gradual del poder legitimada por la voluntad mayoritaria.
Por eso otorgó tanta importancia a la sociedad civil, a las asociaciones voluntarias y a los cuerpos intermedios. Allí donde los ciudadanos aprenden a cooperar sin depender del Estado, el poder encuentra límites que no pueden imponerse por decreto. Cuando esos espacios se debilitan o son absorbidos por la lógica gubernamental, la democracia conserva su forma, pero pierde parte de su sustancia.
Por su parte, Edmund Burke introdujo una advertencia complementaria, donde sostenía que la libertad, no es el producto de diseños abstractos ni de rupturas radicales, sino de instituciones que se desarrollan a través del tiempo. “La sociedad es una asociación no solo de los vivos, sino de los muertos y los que están por nacer,” escribió, subrayando la dimensión histórica de las reglas que limitan el poder.
Burke no se oponía al cambio, pero desconfiaba de quienes creían posible reconstruir el orden social desde cero sin costo alguno. Y cuando las instituciones se destruyen en nombre de ideales supuestamente superiores, la libertad pierde su anclaje. Pues la previsibilidad se erosiona, las reglas se vuelven contingentes y el poder gana margen para actuar sin restricciones claras. El resultado suele ser menos justicia y más arbitrariedad.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente frente a los impulsos refundacionales. El reconocimiento de derechos históricamente negados puede ser una demanda legítima, pero cuando el cambio institucional se realiza sin consensos amplios ni reglas estables, la libertad se vuelve condicional. Y una libertad condicional deja de ser un derecho para convertirse en una concesión revocable.
La idea de que el individuo es libre cuando obedece a la voluntad general ha sido una de las más influyentes y, a la vez, más ambiguas de la modernidad, acá la figura de Rousseau atraviesa buena parte del imaginario político contemporáneo y con esto afirmaba que “quien se niegue a obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo: lo que no significa otra cosa que se lo obligará a ser libre.”
Con esta frase condensa una tensión que sigue siendo problemática. Ya que advertía que la voluntad general no es la suma de voluntades particulares ni la voz de quienes gobiernan. Sin embargo, en la práctica política, esta distinción suele encontrarse bastante diluida. El “pueblo” entonces se convierte en una entidad homogénea, moralmente superior, cuya voz solo algunos dicen interpretar. Allí, la ley deja de ser un límite y se transforma en un instrumento.
Debemos entender que la libertad, entendida con rigor, no es una promesa futura ni un premio que el poder concede por buen comportamiento cívico, sino que es una condición presente, siempre incompleta y siempre vulnerable. Se manifiesta en hechos concretos: la posibilidad de disentir sin represalias, de planificar la propia vida sin pedir permiso, de confiar en que las reglas no cambiarán según la conveniencia política del momento.
Desde tradiciones distintas, en una lección común se podría entender que la libertad rara vez se pierde de manera abrupta. Esta se erosiona gradualmente, justificada en nombre de causas nobles, proyectos colectivos o promesas de justicia y por eso precisamente exige vigilancia, límites claros y una ciudadanía dispuesta a desconfiar del poder, incluso cuando ese poder afirma actuar en nombre de todos.
El desafío no consiste en inventar un nuevo concepto de libertad, sino en recuperar la claridad para reconocer cuándo se la está vaciando de contenido. Una sociedad libre no se define por alcanzar una utopía perfecta o por la retórica que exalta al pueblo ni por la cantidad de derechos proclamados, sino por su capacidad de sostener el disenso, diseñar instituciones que limitan el poder, respetar al individuo frente a la mayoría y garantizar que ninguna autoridad por legítima que se proclame se sitúe por encima de la ley.

Trabaja como asesor en comercio internacional. Ingeniero petrolero de profesión, y cursa la maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.
Diplomado en Educación Superior. (UNIVALLE)
Diplomado en Economía Austriaca (3ra Versión – ESEADE)
Especializado en Marketing político y campañas electorales. (Escuela de Gobierno Goberna)
Diplomado en Comercio Exterior y Adm. Aduanera. (Fundación IDEA)
Especializado en Gestión Integral de Residuos Solidos. (CECAP Consulting)
Diplomado en Argumentación para las Ideas del S. XXI (Instituto de Investigación Social Solidaridad)
Gerente Librería Libertad Literatura
Fundador Generación Libertad




