La trampa del debate sobre la Ley Antibloqueos
El proyecto de Ley Antibloqueos presentado en Bolivia ha polarizado el debate público en una falsa dicotomía: o aceptamos los bloqueos de carreteras como forma legítima de protesta, o renunciamos al derecho de manifestación. Esta trampa discursiva, visible en las reacciones tanto de quienes defienden la ley como de quienes la rechazan, nos impide imaginar formas más potentes y transformadoras de acción colectiva.
El núcleo del problema no radica en si los bloqueos vulneran o no otros derechos —evidentemente lo hacen, como documentan los informes sobre desabastecimiento, pérdidas económicas y restricción a la movilidad—. Tampoco se trata simplemente de defender el derecho constitucional a la protesta. El verdadero debate que deberíamos estar teniendo es: ¿qué formas de protesta son más efectivas para la transformación social que buscamos?
El pensamiento de Jacques Rancière: política y reparto de lo sensible
Para pensar alternativas, resulta iluminador recurrir al filósofo francés Jacques Rancière, quien desarrolló sus ideas a partir de su experiencia con el Mayo del 68 francés. Rancière distingue entre «policía» y «política»: la primera es el orden que asigna a cada uno su lugar, su función, su tiempo; la segunda es la irrupción que cuestiona ese orden establecido.
Para Rancière, la política verdadera ocurre cuando se produce un «reparto de lo sensible» diferente: cuando los espacios y tiempos se reconfiguran, cuando quienes no tenían voz la toman, cuando los lugares designados para ciertos cuerpos y actividades se subvierten. Lo crucial no es bloquear el tránsito, sino ocupar el espacio de manera que se produzca una nueva configuración de las relaciones sociales.
En su análisis de los movimientos obreros del siglo XIX, Rancière muestra cómo la emancipación comenzaba no cuando los trabajadores dejaban de trabajar, sino cuando se apropiaban del tiempo que se suponía debían dedicar al descanso para leer, escribir, discutir. Era una dislocación entre la ocupación asignada y las capacidades desplegadas. El carpintero que, mientras trabaja, contempla el paisaje como lo haría un propietario, está practicando una forma de emancipación estética que es ya política.
Mayo del 68: la ocupación como ruptura
El Mayo francés de 1968 representa un ejemplo paradigmático de cómo la ocupación rompe con la lógica tradicional de protesta. No se trató simplemente de huelgas sindicales coordinadas desde arriba, con demandas económicas puntuales y una temporalidad escalonada bajo dirección centralizada. Mayo del 68 fue una explosión horizontal que ocupó fábricas, universidades, calles —no para bloquearlas, sino para transformarlas en espacios de debate, creación y vida comunitaria diferente.
Como señala Rancière, las ocupaciones de fábricas no eran principalmente reivindicaciones salariales: eran la transformación del espacio de dominación en espacio de poder afirmado. La fábrica ocupada se convertía en espacio público donde se replanteaba el sentido mismo del trabajo. La universidad ocupada no solo cuestionaba el sistema educativo, sino que prefiguraba formas alternativas de producción de conocimiento.
La ocupación rompió con tres lógicas fundamentales de la protesta tradicional marxista:
- La lógica jerárquica: No hubo vanguardia iluminada dirigiendo a las masas. La horizontalidad permitió que estudiantes, obreros, intelectuales y artistas confluyeran sin subordinación.
- La lógica por etapas: No se esperó «madurar las condiciones objetivas». La acción ejemplar —las barricadas, las ocupaciones— creó sus propias condiciones de posibilidad.
- La subordinación sindicalista: Los sindicatos fueron desbordados por las bases. La CGT (central sindical comunista) intentó canalizar el movimiento hacia negociaciones salariales, pero la ocupación ya había abierto horizontes más amplios.
Además, la ocupación operó una disrupción espacio-temporal radical. Las fábricas dejaron de ser lugares de producción capitalista para convertirse en espacios de autogestión experimental. El tiempo dejó de ser el tiempo homogéneo del trabajo asalariado para convertirse en tiempo de debate, creación artística (los célebres cinétracts, carteles y grafitis), invención política. Como afirma Rancière, se creó una «temporalidad otra» que no esperaba al futuro revolucionario sino que lo actuaba en el presente.
Occupy Wall Street: ocupación sin adentro
Rancière actualiza su análisis con los movimientos de ocupación del siglo XXI, particularmente Occupy Wall Street (2011). Aquí encuentra tanto continuidades como diferencias significativas con Mayo del 68. La ocupación del Parque Zuccotti en Nueva York compartía con Mayo el rechazo a jerarquías, la búsqueda de consenso horizontal y la creación de «contrainstituciones» —asambleas, cocinas colectivas, bibliotecas— que escapaban a la máquina estatal.
Sin embargo, Rancière señala una diferencia crucial: mientras las ocupaciones del 68 transformaban lugares de dominación sufrida (fábricas, universidades) en lugares de poder afirmado, Occupy ocupó espacios de circulación, «no-lugares» marginales. Ya no era un espacio «del adentro», situado en el núcleo de las actividades económicas y sociales.
Esta diferencia no implica necesariamente debilidad. Rancière argumenta que estos nuevos movimientos simbolizan un «conflicto de mundos»: convierten espacios de dispersión y fragmentación —la imagen misma del capitalismo financiero— en lugares de reunión y deliberación. El no-lugar de paso se vuelve lugar de oposición. Aunque estos movimientos no reconfiguran las relaciones sociales «desde dentro» como las ocupaciones fabriles, crean visibilidad para un conflicto que el orden policial intenta invisibilizar.
Occupy dejó legados importantes: cambió el debate nacional sobre desigualdad (el eslogan «Somos el 99%» persiste), inspiró movimientos posteriores, y demostró que formas prefigurativas de democracia directa son posibles. Su «fracaso» en no generar cambios estructurales inmediatos no niega su potencia política: creó un momento de interrupción del consenso neoliberal, una grieta en la distribución de lo sensible que naturaliza la desigualdad.
Alternativas para Bolivia: aprender de la ocupación
¿Qué implica todo esto para Bolivia y el debate sobre la Ley Antibloqueos? Varias lecciones:
Primera: Impedir los bloqueos no significa eliminar la protesta social. De hecho, podríamos argumentar que los bloqueos son una forma bastante limitada de acción política: generan visibilidad mediante la molestia, pero raramente producen transformación real de conciencias o relaciones sociales. Son reactivos, defensivos, y frecuentemente terminan aislando a los movimientos sociales del resto de la población.
Segunda: Las ocupaciones ofrecen alternativas más ricas. Ocupar un espacio público —una plaza, un edificio gubernamental, una universidad— para convertirlo en espacio de debate, formación política, creación cultural, permite:
- Crear comunidad activa en lugar de obstrucción pasiva
- Generar contenido político propio en lugar de solo rechazar lo existente
- Prefigurar las relaciones sociales que se buscan en lugar de solo denunciar las actuales
- Incluir a sectores más amplios en lugar de confrontarlos
Tercera: La clave está en la creatividad para reconfigurar espacios y tiempos. Inspirándonos en Rancière, podemos pensar en:
- Ocupaciones culturales que transformen espacios de poder en espacios de expresión popular
- Apropiación de tiempos (huelgas de brazos caídos con ocupación del espacio de trabajo para debatir el sentido del trabajo mismo)
- Creación de «contrainstituciones» que no solo critiquen las existentes sino que demuestren alternativas viables
- Acciones artísticas y performativas que alteren la distribución de lo visible y lo invisible
Cuarta: La horizontalidad y el rechazo a jerarquías rígidas son fundamentales. Los bloqueos frecuentemente reproducen lógicas verticales donde dirigentes deciden cuándo empezar y terminar, mientras las bases ejecutan. Las ocupaciones, cuando son genuinamente democráticas, permiten participación directa y construcción colectiva.
Conclusión: expandir el repertorio de acción política
El debate sobre la Ley Antibloqueos nos enfrenta a una oportunidad: repensar nuestro repertorio de acción colectiva. No se trata de renunciar al conflicto —el conflicto es constitutivo de la política, como bien muestra Rancière—. Se trata de encontrar formas de conflicto que sean más productivas, más transformadoras, más capaces de generar nuevas distribuciones de lo sensible.
Las ocupaciones del Mayo del 68 nos enseñan que es posible romper con las lógicas establecidas —jerárquicas, etapistas, sindicales— para crear momentos de verdadera política. Occupy Wall Street nos muestra que incluso en tiempos de aparente derrota, la ocupación simbólica de espacios puede abrir debates y cambiar percepciones.
Bolivia tiene una rica historia de movilización popular. Ese acervo puede enriquecerse aprendiendo de experiencias globales de ocupación. En lugar de quedar atrapados en el debate binario sobre si permitir o no bloqueos, podemos preguntarnos: ¿cómo ocupar espacios y tiempos de manera que no solo obstaculicemos el orden existente, sino que prefiguremos el orden deseado?
La respuesta a la Ley Antibloqueos no debería ser simplemente su rechazo defendiendo el statu quo de la protesta. Debería ser la invención de formas nuevas, más potentes, de hacer política. Formas que, como diría Rancière, redistribuyan las relaciones entre cuerpos, imágenes, espacios y tiempos. Formas que hagan visible lo invisible, que den voz a los sin voz, que creen experiencias de igualdad en lugar de solo denunciar la desigualdad.
La ocupación, entendida no como mero bloqueo sino como creación de espacios-tiempos alternativos, nos abre ese horizonte. Un horizonte donde la protesta no es solo resistencia sino construcción, no es solo rechazo sino afirmación, no es solo demanda al poder sino ejercicio de poder colectivo.
Este artículo se basa en los análisis de Jacques Rancière sobre la política, la estética y la emancipación, particularmente en obras como «El desacuerdo» (1995), «La noche de los proletarios» (2010), «El espectador emancipado» (2008) y «Los presentes inciertos» (2024), así como en sus reflexiones sobre los movimientos de ocupación contemporáneos.




