A riesgo de perder varios lectores apenas iniciando las primeras líneas, debo criticar a quien nadie quiere señalar cuando vivimos las consecuencias de la mala política; pues sí, nada más y nada menos que a quien los elige.
Pero antes de ser severo con la mayoría del electorado, debo caracterizar a quienes veo que han tomado protagonismo en la política desde hace ya bastantes años: los “pragmáticos en política”, los “amantes del cargo”, los “expertos en contactos”, los “dramaturgos de la mentira” (aunque, a decir verdad, en nuestro medio apenas llegan a payasitos de circo pobre). No es la intención de este artículo hablar de sus motivaciones, pero el sentido común nos lleva a concluir que es el beneficio de ellos mismos y de los suyos. Ejemplos recientes de este pragmatismo los tenemos vivos cuando vemos a opositores hacerse aliados. Un claro ejemplo es el “Bon o Bon cochabambino”, quien se alió a su verdugo, el MAS, y lanzó halagos al gobierno del exmandatario que hoy cumple con medidas cautelares. Otro ejemplo son quienes se desconocen en el ejercicio político: los “hermanos de lucha”, de puño izquierdo levantado, que recorrían en cablebús la ciudad de La Paz, uno presidente y el otro su gerente de “llave en mano”, que hoy se desconocen ante las cámaras para confundir a la opinión pública, ya que a nadie le conviene vincularse al jefazo del MAS, culpable de la actual crisis económica.
Casos como este abundan en la historia reciente de la política boliviana, que cada vez hace más morboso y pervertido el espectáculo. Tal es el caso de la vergonzosa disputa entre el presidente Paz y el vicepresidente Lara, que pragmáticamente y de manera muy coyuntural pactaron una alianza que empezó a partirse cuando se dieron a conocer los inimaginables resultados de la primera vuelta, y terminó destruyéndose en el ejercicio del actual gobierno. ¡Vergonzoso! Y producto del pragmatismo político.
Pero ellos llegan o aspiran al poder porque hay quien los elige. Más terrible aún, las posibles alternativas que nos presentan no tienen filosofía política ni mucho menos doctrina económica; son todos pragmáticos, lo que nos lleva a concluir que lo verdaderamente cuestionado es el rol de la representación política. El rol, no solamente el político del MNR, del MAS, de LIBRE, o de cualquier taxi-partido que transporta a esta nueva rosca sin fundamento doctrinario ni político, mientras implícitamente admite el gran margen de acción que tienen para engañar y defraudar al representado.
Para entender mejor la crítica profunda al rol de la representación política, citaré a Juan Pina, que va en línea con Bryan Caplan, autor del libro El mito del votante racional: “Si lo cuestionado es, nada menos, el propio rol de la representación política como intermediaria necesaria de la organización social, la consecuencia lógica es la eliminación de todo aquello que los políticos administran y su devolución a los individuos”. Es decir, que lo que verdaderamente está cuestionando el boliviano que grita “tú no me representas” es al Estado.
Seguramente contradecirán esta tesis libertaria los empresarios que de capitalistas no tienen nada y viven, más bien, en un crony capitalism —y vaya que en Bolivia lo practican en diferentes sectores de la economía—. Son estos acomodados dirigentes de las empresas pseudoprivadas, tentáculos en realidad del poder político, que se favorecen de algún beneficio impositivo, subvención o barrera de entrada a la competencia (así es, si dependes de tus contactos mundanos e ilícitos, no eres un empresario). También me contradecirán quienes tienen en juego una pega o, peor aún, los inversores oscuros que gastan recursos propios y ajenos en campaña para luego pagar a sus financiadores y reponer sus costos con negociados que desangran a la población que sufre al Estado.
Y no se desgasten quienes entienden que se necesita un Estado más grande para solucionar los problemas de una población “mal representada”, porque la historia evidencia que el comunismo totalitario es el ejemplo claro del fracaso de la planificación estatal, ya que perjudica a toda la población, en especial a los más pobres. Así sucedió, por ejemplo, en Vietnam en 1979, cuando, debido a la intensa crisis y hambre, el Partido Comunista Vietnamita (PCV) se vio obligado, en realidad, a legitimar las diferentes maniobras —hasta ese momento ilegales— que agricultores y productores venían practicando en varias aldeas para hacer producir su tierra celebrando contratos no autorizados (khoan chui) entre colectivos y familias o comerciantes privados. Esta práctica de producción privada, llevada adelante por aldeanos que escapaban del control estatal, se denominaba pha rao, algo así como “saltar la valla” (Zitelmann, 2024).
El curso lógico de la historia y su devenir deberían llevarnos a concluir lógicamente que el camino hacia un Estado limitado que aspire a su total extinción, debido a los nocivos efectos para el ordenamiento social, debería ser el norte (con objetivos claros para el corto, mediano, largo y larguísimo plazo) que aspire a solucionar el problema del rol de la representación política que, hemos dicho, no es otra cosa que todo aquello que administra la política inmoral, es decir, el Estado.
¿Por qué es, entonces, tan difícil inculcar en la opinión pública, el electorado, este deseo de solucionar el problema de la representación política?
Quisiera decir que es solamente indiferencia o irracionalidad, como sostiene Bryan Caplan en uno de sus principales enfoques sobre esta carencia. Este autor analiza al votante de manera muy cruda y señala: “… se asume la premisa clave de que la irracionalidad, al igual que la ignorancia, es selectiva. Por lo general, desatendemos toda información no deseada que atañe a materias que nos son indiferentes. Asimismo, afirmo que desactivamos nuestras dotes racionales cuando tratamos cuestiones cuya veracidad no es indiferente”.
Sin embargo, me temo que también debo traer a consideración la crítica al cinismo de la sociedad que realiza G.K. Chesterton en su ensayo La ética en el país de los duendes. Este autor conservador, en el mejor sentido de la palabra, cuenta su experiencia vivida y cómo sus valores trascendentes le hacen cuestionar la percepción de la política en toda la sociedad: “Cuando un hombre de negocios quiere rebajar el idealismo del chico de la oficina, le dice este tipo de cosas: ‘Sí, claro, cuando uno es joven, tiene esos ideales utópicos, esos castillos en el aire, pero cuando te haces mayor se esfuman como las nubes y entonces comienzas a creer en la política práctica, a aprovechar los recursos que tienes y a amoldarte al mundo real tal y como es’. Esto era, al menos, lo que solían decirme cuando era joven algunos venerables y filantrópicos ancianos…”. Chesterton, no conforme, aclara su postura ante esa cínica forma de ver la política y la vida para continuar diciendo: “Dicen que debería haber perdido mis ideales y empezado a creer en los métodos prácticos de la política. Pero no he perdido mis ideales en lo más mínimo; mi fe en lo fundamental es exactamente igual que siempre”. Así, este autor señala que lo infantil sería, más bien, mantener la fe en la pésima práctica política.
Hablamos de la debacle de la práctica política y evidenciamos que las peores críticas a la democracia se materializan en el contexto de nuestra patria, tanto en las pasadas elecciones presidenciales como también en las próximas elecciones municipales.
Este 22 de marzo finalizará el circo y desfile de estos aspirantes a sátrapas, eximios en el arte oscuro del engaño y la mala praxis de la política. Es que incluso sería un sinsentido posicionarlos en el espectro de izquierda o derecha, una pérdida de tiempo. Hacerlo sería equiparable a darle honores de médico y un bisturí a un demente que viste con bata blanca, estetoscopio y receta paracetamol. No les interesa la consistencia filosófica que pueden entregarte, por ejemplo, el cristianismo y el liberalismo. La práctica de la política les sirve para justificar sus medios corrompidos, su cinismo, y cómo practican las artes oscuras del prebendalismo y del enriquecimiento a través del Estado, que es un ilícito.
El ordenamiento social ha sido reducido al cogobierno que colude el poder y al clientelismo; o, en términos más sencillos, a corruptos que tienen la chequera interminable del Estado con falsos representantes de control social que, lejos de tener alguna consigna de fiscalización, obedecen, al igual que los falsos representantes políticos, a sus intereses personales.
Parece, en este punto, que nos encontramos en un camino sin retorno. Y la culpa, tal cual lo señalé al inicio de este artículo, es de la población en general: jóvenes, adultos, mayores y ancianos. Porque quienes deben exigir de sus candidatos los más altos honores, capacidad y valores cristianos (los más altos), han elegido, como sociedad, validar el problema y bajar hasta el piso la vara política. Una vara que hoy por hoy está en el piso y está siendo pisoteada por quienes desdeñan el valor público, por quienes cometen delitos electorales utilizando obras y empresas del Estado para beneficio electoral, por quienes se atribuyen la ejecución presupuestaria de recursos públicos provenientes de impuestos y rentas que le pertenecen a todos los bolivianos, por quienes apelan a la amnesia colectiva, y por quienes, sin ninguna preparación, apelan al patrocinio de la rosca política.
Pero quiero dar esperanza a los lectores recordándoles que hubo un tiempo en que en nuestro país la población valoraba y exigía lo más próximo a la impecabilidad política, reconociéndole a los políticos sus capacidades. Recurro, a modo de cierre, a un artículo publicado por el Diario el 5 de marzo de 1931, escrito con motivo de la asunción de mando del presidente Daniel Salamanca en medio de grandes vicisitudes y desafíos que atravesaba nuestro país:
“Ningún ciudadano ha subido al poder en tan excepcionales condiciones. Grandes son los males que aquejan al país y lo son igualmente las responsabilidades de quien tiene la misión de vencerlos. El momento es de grandeza de ánimo y no de estrecha y vulgar politiquería. Es preciso que el gobernante que sube al sacrificio y el pueblo que lo aclama con profunda veneración se mantengan a la altura de su misión histórica. Al país no le interesan caudillos ni demagogos. Lo que anhela es un magistrado como Salamanca en el gobierno dispuesto a gobernar en bien del país con el concurso de todos los hombres buenos”.Siempre habrá esperanza mientras hombres valientes que aprecien la libertad se unan con temor de Dios

Ingeniero en Petroleo, gas y energías con formación académica en Gestión de Gobierno, Políticas Publicas, Proyectos y Comercio Exterior.



