Por qué dominan el relato mientras la izquierda perdió la batalla por el sentido
Por © Fizuras | Febrero 2026
«Six million cookies? I don’t buy it.» Con esta frase, pronunciada en 2019 en un video donde comparaba el Holocausto con galletas horneadas, Nick Fuentes se convirtió en símbolo de algo más profundo que la mera provocación. A sus entonces 21 años, este joven de los suburbios de Chicago comenzaba a trazar una forma de hacer política que hoy, siete años después, ha transformado el panorama conservador estadounidense de maneras que parecían impensables. Fuentes lidera ahora el «Groyper Army«, un movimiento de jóvenes nacionalistas que se ha infiltrado sistemáticamente en eventos conservadores, acosado a republicanos considerados demasiado moderados como Charlie Kirk de Turning Point USA, y conseguido incluso cenar con Donald Trump en Mar-a-Lago en noviembre de 2022. Su programa «America First with Nicholas J. Fuentes» atrae un millón de visualizaciones por episodio. Tucker Carlson, el antiguo rostro de Fox News, lo entrevistó durante dos horas ante 6.5 millones de espectadores en octubre de 2025. Rod Dreher, columnista conservador de toda la vida, advierte alarmado que entre el 30 y el 40 por ciento de los staffers republicanos menores de treinta años en Washington son ahora «groypers», seguidores de Fuentes que comparten su visión de Estados Unidos como nación explícitamente blanca y cristiana.
La pregunta que surge naturalmente es: ¿cómo es posible que un personaje expulsado de YouTube, Reddit, Twitch y la mayoría de plataformas mainstream haya alcanzado semejante influencia? La respuesta nos lleva mucho más allá de Fuentes mismo, hacia una comprensión más profunda de los mecanismos mediante los cuales la Nueva Derecha americana está ganando la batalla por el sentido político. Apenas dos días después de que comenzara 2026, el mundo presenció otra escena que parecía imposible hasta hace poco. El 3 de enero, Donald Trump ordenó la «Operación Absolute Revolve»: la aprehensión del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en lo que constituye uno de los actos estadounidenses más audaces en las últimas décadas. Treinta y seis años después de una operación similar contra Manuel Noriega en Panamá, la diferencia esta vez no residía en la acción misma sino en su justificación, o mejor dicho, en la ausencia de justificación moral. Stephen Miller, asesor cercano al presidente, lo expresó con brutal claridad al justificar la intervención: «Vivimos en el mundo real, un mundo regido por la fuerza, la potencia y el poder». Cuando los periodistas preguntaron a Trump por qué quiere Groenlandia, su respuesta fue de una simplicidad desarmante: «Porque Estados Unidos lo necesita». No hay apelación a valores compartidos, no hay referencia a intereses mutuos o responsabilidades históricas. Solo el ejercicio desnudo del poder justificado por la necesidad del más fuerte.
Apenas un mes antes, el 4 de diciembre de 2025, la Casa Blanca había publicado su nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, la describió como algo «nada parecido a ninguna NSS anterior». El documento proclamaba que Europa enfrenta «la real y más cruda perspectiva de erasure civilizacional», un borrado civilizacional que, si las tendencias actuales continúan, haría el continente «irreconocible en veinte años o menos». Las homilías tradicionales sobre valores transatlánticos compartidos habían desaparecido por completo. En su lugar, el texto contenía un asalto frontal a la política y cultura europea actual, sugiriendo que la inversión estadounidense en seguridad podría volverse condicional a la reversión de este «borrado civilizacional». Estas tres escenas no son incidentes aislados sino manifestaciones de un mismo fenómeno: el triunfo de la Nueva Derecha americana. Un influencer que pone en agenda posiciones antes impensables, un presidente aprehendido, una superpotencia que declara guerra cultural. Y todas estas manifestaciones comparten una característica fundamental que Michel Foucault anticipó en 1970 y Byung-Chul Han diagnosticó en 2023: quien controla el discurso controla el poder, y quien llena el vacío narrativo gana la historia.
El orden del discurso americano y la inversión de las exclusiones
Cuando Michel Foucault pronunció su lección inaugural en el Collège de France el 2 de diciembre de 1970, planteó una tesis que hoy, cincuenta y seis años después, explica el ascenso de la Nueva Derecha americana mejor que cualquier análisis puramente económico o sociológico. «En toda sociedad», argumentó Foucault, «la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada, organizada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros». La intuición central era que el discurso nunca es neutral. Hablar es siempre un acto político, y las sociedades desarrollan dispositivos de control para determinar quién puede hablar, de qué, cuándo y cómo.
Durante décadas, el orden liberal estadounidense estableció un conjunto claro de prohibiciones discursivas. No se podía cuestionar públicamente la inmigración como amenaza civilizacional sin ser inmediatamente expulsado del debate legítimo. No se podía hablar de «reemplazo demográfico» sin ser tachado de conspiranóico. No se podía criticar el feminismo o defender el nacionalismo étnico sin ser marginado como extremista. Estas prohibiciones funcionaban eficazmente, delimitando los contornos de lo que podía decirse en el espacio público americano. Pero la Nueva Derecha ha invertido sistemáticamente estas prohibiciones. Hoy, el concepto de «national preference» y el Great Replacement circulan libremente en círculos conservadores. JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, puede decir en la Conferencia de Seguridad de Munich que América no es solo una idea sino «un grupo de personas con historia compartida y futuro común». Tom Homan, el «border tsar» de Trump, presume en la National Conservatism Conference de haber reducido la migración irregular en un noventa y seis por ciento en siete semanas y anuncia que deportará cuatrocientos mil personas en el año.
Nick Fuentes, en su aparición de octubre de 2025 en Tucker Carlson Network, pudo afirmar sin mayor consecuencia que «los judíos sionistas» son enemigos del movimiento conservador y que los judíos «no pueden ser parte de la civilización occidental porque no son cristianos». Estas declaraciones generaron controversia, ciertamente, pero Fuentes no desapareció de la escena pública. Al contrario, su influencia siguió creciendo. Esta inversión no es accidental. Como escribió el propio Foucault, «el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha». La Nueva Derecha comprendió perfectamente que para cambiar la realidad política primero hay que romper las prohibiciones discursivas.
Pero la inversión de prohibiciones es apenas el primer mecanismo. Foucault identificó otro sistema de exclusión aún más sutil: la división entre razón y locura, entre quien tiene autoridad epistémica y quien no la tiene. Durante décadas, el liberalismo estadounidense usó este mecanismo para descalificar a la derecha radical. Los xenófobos eran irracionales, los nacionalistas estaban paranoicos, los anti-globalización estaban atrasados, los anti-woke estaban obsesionados. La palabra del radical quedaba así excluida del debate serio, marcada como discurso de quien ha perdido contacto con la realidad. La Nueva Derecha ha revertido esta operación por completo. Ahora es el globalismo el que se presenta como locura. Vance lo expresó con toda claridad en Munich cuando les dijo a los líderes europeos: «Lo que me preocupa es la amenaza desde dentro de Europa. Si están huyendo aterrorizados de sus propios votantes, no hay nada que Estados Unidos pueda hacer por ustedes». El mensaje era transparente: los que tienen miedo de su propio pueblo son los locos. Los que defienden fronteras abiertas y diversidad obligatoria son los irracionales.
El término «woke» funciona hoy como una nueva categoría de exclusión epistémica en Estados Unidos. Russell Vought, encargado por Trump de rehacer el Estado desde su posición como jefe de la Oficina de Gestión y Presupuesto, describe la burocracia federal como «woke and weaponized«. Desmantelarla no es para él una táctica política sino un proyecto estratégico dirigido a «salvaguardar a América como una cultura blanca y judeocristiana». La Nueva Derecha ya no se defiende de ser llamada irracional. Ha redefinido directamente quién está cuerdo y quién está loco. Pero quizás el mecanismo más profundo y menos visible que identificó Foucault es lo que él llamaba la «voluntad de verdad». Desde 1945, argumentaba, esa voluntad de verdad se cristalizó en torno al método científico como única fuente de conocimiento válido, las universidades como productoras de saber legítimo, los medios mainstream como certificadores de lo real, y los think tanks liberales como generadores de consenso.
La Nueva Derecha estadounidense no atacó frontalmente estas instituciones. Las replicó. Ha construido su propia infraestructura de verdad que determina qué discursos pueden aspirar al estatuto de «verdaderos». La Heritage Foundation, que existe desde 1973, se ha radicalizado significativamente bajo Trump. American Compass, fundado por Oren Cass, produce teoría económica «worker-centric» que justifica el proteccionismo nacionalista. La National Conservatism Conference se ha convertido en el encuentro anual del movimiento, donde intelectuales como Yoram Hazony y Patrick Deneen articulan la teoría del nacionalconservadurismo. Hazony publicó «The Virtue of Nationalism» en 2018 y Deneen «Why Liberalism Failed» el mismo año. Estos no son panfletos sino textos académicos que se estudian, se citan, se comentan. Generan lo que Foucault llamaba «comentario»: discurso secundario que refuerza y expande el texto fundacional.
A esto hay que añadir las plataformas digitales que han amplificado exponencialmente el alcance de esta infraestructura de verdad. X bajo el control de Elon Musk reactivó cuentas antes suspendidas como la de Fuentes. Rumble, donde Fuentes tiene más de cien mil espectadores por episodio. Cozy.tv, plataforma que el propio Fuentes creó en 2021 específicamente para evitar el deplatforming y que ahora aloja sesenta canales incluyendo a Alex Jones, Andrew Torba de Gab, Stew Peters y Jackson Hinkle. Truth Social de Trump. Telegram. El ecosistema de podcasts donde Joe Rogan alcanza audiencias de millones con episodios de tres horas donde invitados como Vance pueden exponer sus ideas sin la mediación de periodistas tradicionales. Todas estas plataformas funcionan como espacios donde circula y se legitima un tipo de conocimiento que las instituciones mainstream intentaron marginar.
Esta construcción de infraestructura epistémica alternativa ha permitido a la Nueva Derecha crear lo que Foucault habría reconocido como una «disciplina» en el sentido técnico del término. El «national conservatism» tiene ahora sus propios métodos aceptables, sus propios conceptos legítimos, y procedimientos claros de certificación. Hablar en NatCon, publicar en ciertos medios, ser citado por Hazony o aparecer con Tucker Carlson son las nuevas formas de peer review de la Nueva Derecha americana. Nick Fuentes comprendió perfectamente esta dinámica. En un episodio de abril de 2019 de «America First» dirigido solo a miembros, explicó su estrategia a sus seguidores con una franqueza notable: «Tienen que romper con la alt-right y formar una nueva periferia. Cambiar nuestro aspecto y estética para mezclarse, ponerse la bandera estadounidense, crear la apariencia de ‘hey, tal vez podemos crear este nuevo espacio, tal vez hay estos nuevos tipos, son un poco extremos pero no son como esos otros tipos. Tal vez hay una nueva categoría’. Ese es el tipo de incertidumbre que tenemos que crear».
Esto es Foucault en estado puro: crear las condiciones discursivas para que posiciones antes impensables se vuelvan primero debatibles, luego respetables, finalmente mainstream. Y funciona porque no ataca el principio de exclusión en sí mismo, sino que construye un orden del discurso paralelo con sus propias reglas de exclusión e inclusión, sus propias autoridades epistémicas, su propia voluntad de verdad. Lo que estamos presenciando no es el caos discursivo sino la emergencia de un nuevo orden tan estructurado y funcional como el que reemplaza.
La crisis de la narración americana y el vacío que MAGA llenó
Si Foucault nos enseñó cómo funciona el orden del discurso, Byung-Chul Han diagnosticó la crisis que hizo posible que la Nueva Derecha lo capturara. En su libro «La Crisis de la Narración» de 2023, el filósofo surcoreano-alemán argumenta que vivimos en una «era posnarrativa» donde el neoliberalismo, la digitalización y el capitalismo de la información han destruido nuestra capacidad de narrar. La tesis central de Han es devastadora en su simplicidad: «Narración e información son fuerzas opuestas. El espíritu de la narración se pierde entre las informaciones que convierten a los individuos en consumidores, solitarios y aislados, consagrados a instantes, con el objetivo de incrementar su rendimiento y su productividad». Esta descripción captura perfectamente la experiencia americana de las últimas décadas. El neoliberalismo estadounidense prometió que la maximización de la libertad individual generaría prosperidad universal. Pero lo que produjo fue atomización. Comunidades destruidas por la desindustrialización, familias fragmentadas por la presión económica, individuos aislados compitiendo en mercados laborales cada vez más precarios.
Han señala que el lector de periódicos «no atiende más que a lo inmediato. Su atención se reduce a la curiosidad, salta de una novedad a la siguiente. Ha perdido la mirada prolongada y posada». En Estados Unidos, esta fragmentación alcanzó su apoteosis con las redes sociales. Las stories de Instagram, los tweets, los videos de TikTok, todo trabaja aditivamente, acumulando instantes sin integrarlos en un relato con sentido. Hemos pasado del homo narrans al phono sapiens: seres consagrados al instante, sin historia, incapaces de la demora contemplativa. La pregunta que surge es: si Han tiene razón y el capitalismo digital destruyó la narración, ¿cómo es que la Nueva Derecha está ganando precisamente con narrativas épicas? La respuesta es que Han diagnosticó el vacío. MAGA lo llenó.
Donde el neoliberalismo ofrece atomización, MAGA ofrece comunidad. El liberalismo te dice: eres un individuo libre, maximiza tu utilidad, compite en el mercado. MAGA te dice: eres parte de una nación, una civilización milenaria. Perteneces. Vance lo formula explícitamente cuando dice que América no es solo una idea sino «un grupo de personas con historia compartida y futuro común». Esta no es retórica vacía. Se traduce en políticas concretas y rituales de pertenencia. Los mítines de Trump son ceremonias de reconocimiento mutuo donde decenas de miles se reúnen no solo a escuchar un discurso sino a participar en un ritual colectivo. Las gorras rojas MAGA no son merchandise sino marcadores tribales que permiten reconocerse entre iguales. La National Conservatism Conference no es solo una conferencia sino un ritual de pertenencia donde te reconoces como parte de un movimiento con historia y futuro.
Donde había fragmentación temporal, MAGA ofrece una épica de restauración. Han señala que la información trocea el tiempo en instantes desconectados. No hay pasado ni futuro, solo un presente perpetuo. MAGA construye exactamente lo opuesto: una narrativa histórica con tres actos clásicos. Un pasado mítico de la América de los Founding Fathers, de la América industrial que ganó la Segunda Guerra Mundial, de la América que puso un hombre en la luna. Una crisis presente de invasión migratoria, destrucción cultural woke, pérdida de empleos manufactureros, humillación internacional. Y un futuro a construir de restauración completa: Make America Great Again no es un eslogan sino la promesa de un tercer acto donde la grandeza perdida será recuperada. Esta estructura es narración pura en el sentido que Han extraña. No es información fragmentada sino historia con sentido, dirección, misión.
Trump no vende políticas específicas. Vende épica. «Vamos a recuperar nuestro país». «Somos un movimiento como nunca antes se ha visto». «Esta es nuestra última oportunidad». Cada declaración se inscribe en un arco narrativo mayor que da significado al instante presente. Cuando Trump habla del muro, no está hablando de política migratoria técnica. Está hablando de una frontera no solo geográfica sino civilizatoria, de una barrera que separa orden de caos, nosotros de ellos, América de lo que no es América. El muro es símbolo narrativo que materializa la épica de restauración. Donde había vacío existencial, MAGA ofrece misión civilizatoria. Han cita repetidamente que la crisis narrativa produce pérdida de sentido. El neoliberalismo te dice «sé feliz, sé productivo», pero no te dice para qué. MAGA te da una misión: salvar América. No es poca cosa. Es literalmente una razón para vivir, una causa que trasciende la existencia individual.
Cuando la National Security Strategy de 2025 habla de «civilizational erasure» en Europa, no está simplemente haciendo política exterior. Está produciendo sujetos con misión: tú, joven conservador americano, estás en una guerra cultural por la supervivencia de Occidente y América es su último bastión. Fuentes lo entiende perfectamente. Su retórica está saturada de lenguaje apocalíptico-salvífico. Habla de «holy war«, de que «America will cease to exist as a Christian nation if it loses its white demographic core«. La veracidad empírica es secundaria. Lo que importa es que da sentido existencial a jóvenes que de otra manera estarían navegando la precariedad neoliberal sin brújula narrativa.
Pero aquí llegamos a la paradoja más interesante. Han critica ferozmente el «storytelling» neoliberal. «El storytelling«, escribe, «se ha convertido en un arma comercial que transforma la narración en una herramienta más del capitalismo». Nike vende historias de superación, Apple vende historias de creatividad, los políticos liberales venden historias de diversidad e inclusión. Pero son, en palabras de Han, «narrativas aligeradas, intercambiables y contingentes» sin «gravitación» ni «pretensión de verdad». MAGA hace exactamente lo mismo pero lo hace mejor. Usa todas las técnicas del storytelling corporativo pero ofrece algo que el neoliberal nunca puede ofrecer: identidad no consumista. No te venden un producto. Te venden pertenencia a una causa mayor que tú mismo. El concepto de «Great Replacement» funciona como narrativa completa. Tiene villanos: élites globalistas, George Soros, la burocracia de Washington. Tiene víctimas: el pueblo americano, especialmente la clase trabajadora blanca. Tiene un plot: reemplazo demográfico deliberado mediante inmigración masiva. Un clímax: punto de no retorno demográfico que genera urgencia absoluta. Y desenlaces posibles: resistencia y reconquista o extinción cultural.
Incluso en el uso de redes sociales MAGA ha resuelto la paradoja. Han dice que las redes destruyen narración porque son aditivas. Pero MAGA las usa precisamente para crear contra-narrativa. MAGA usa información en forma de tweets, memes, datos fragmentados, provocaciones virales. Pero organiza toda esa información en una narrativa épica de restauración nacional. Es storytelling, ciertamente, pero storytelling que funciona porque responde tanto a las condiciones materiales de la era digital como a las necesidades existenciales que esa era dejó insatisfechas. MAGA es simultáneamente hyper-digital en la forma y homo narrans en el contenido. Domina la velocidad, la fragmentación y la provocación propias del phono sapiens. Pero ofrece la épica, la misión y la comunidad propias del ser humano que cuenta historias. Esa combinación resulta letal.
Los mecanismos del triunfo: de la crisis a la hegemonía
La Nueva Derecha americana no surgió de la nada. Su ascenso puede trazarse a través de una serie de crisis que funcionaron como discontinuidades foucaultianas, momentos donde el orden anterior se fracturó y se abrió espacio para reordenar el discurso. La crisis financiera de 2008 fue la primera gran ruptura. Cuando el sistema bancario colapsó y millones de estadounidenses perdieron sus casas mientras los responsables recibían rescates gubernamentales, se reveló la hipocresía fundamental del neoliberalismo. El Tea Party surgió como primer movimiento de protesta, inicialmente enfocado en déficit fiscal y tamaño del gobierno. Pero ya contenía los elementos que después cristalizarían en MAGA: desconfianza radical hacia las élites, retórica de restauración nacional, movilización de clase trabajadora blanca.
Trump comprendió que cada crisis genera su propia tribu de afectados y que la estrategia ganadora no es tener un mensaje único sino aprovechar cada discontinuidad para capturar cada tribu sucesivamente. Habla de manufacturas perdidas en Michigan, de petróleo en Texas, de inmigración en Arizona. No es contradicción sino lo que Mark Leonard llama «crisis entrepreneurship«: la habilidad de aparecer en cada ruptura con el mensaje perfecto para ese momento. Pero MAGA hace algo más brillante: unifica todas estas crisis en una sola meta-narrativa. No son crisis separadas sino síntomas de un único problema: las élites globalistas que traicionaron al pueblo americano. La crisis financiera fue causada por bancos globales explotando a trabajadores. La inmigración masiva por élites importando votos y mano de obra barata. La desindustrialización por tratados de libre comercio que beneficiaron a corporaciones y destruyeron comunidades. Cada crisis se inscribe en el mismo relato de traición y restauración necesaria.
Esta meta-narrativa permitió a la Nueva Derecha reconstituir completamente a la clase trabajadora americana. Foucault nos enseñó que el poder no solo reprime sujetos sino que los produce. La clase trabajadora no es naturalmente de izquierda o derecha. Fue constituida como sujeto de izquierda por el discurso socialdemócrata durante un siglo. Ahora MAGA está reconstituyéndola en términos completamente diferentes. Los datos son contundentes: Trump ganó el sesenta y seis por ciento de los blancos sin universidad, el cuarenta y siete por ciento de los latinos de clase trabajadora, y el cincuenta y seis por ciento de la clase trabajadora multirracial en 2024. Esto no significa que billonarios como Trump estén engañando a trabajadores. Significa que el discurso MAGA produce un nuevo tipo de sujeto trabajador.
El trabajador sindical del siglo veinte se identificaba por su clase, veía como enemigo a los capitalistas explotadores, buscaba soluciones en sindicatos y el welfare state, y se narraba a sí mismo dentro de una lucha de clases. El trabajador MAGA se identifica por su nación, ve como enemigos a las élites globalistas y a los inmigrantes ilegales, busca soluciones en proteccionismo y fronteras cerradas, y se narra a sí mismo dentro de una defensa civilizacional. No es que la clase trabajadora «cambie de lado». Es que se le ofrece una nueva identidad en la que puede reconocerse, especialmente cuando los sindicatos se debilitaron y el Partido Demócrata se reconfiguró como partido de profesionales urbanos educados. MAGA ofrece lo que el neoliberalismo no puede: identidad no consumista para trabajadores. El neoliberalismo te dice que eres un emprendedor de ti mismo, que debes competir, optimizarte, convertirte en marca personal. Eso puede funcionar para clase media-alta educada. No funciona para quien trabaja en un almacén de Amazon por quince dólares la hora. MAGA te dice que no eres una marca sino parte de un pueblo con historia y destino compartido, y que ese pueblo está siendo traicionado.
La agenda política de MAGA tiene cuatro elementos que Mark Leonard identifica: inmigración, comercio, política exterior y reforma del Estado. Pero todos están atravesados por un solo eje: cultura nacional. La inmigración no es solo economía sino preservación cultural. Homan, el border tsar, no habla de mercados laborales sino de invasión. Vance no discute demografía sino identidad nacional. El proteccionismo tampoco es simplemente economía. Jamieson Greer, representante comercial de Trump, argumentó en NatCon que el free trade es una «desviación del siglo veinte impuesta por globalistas e intereses corporativos». Se quejó de que Estados Unidos «abolió sus fronteras y externalizó decisiones comerciales soberanas a la OMC». Trump usa aranceles no solo para proteger empleos sino como herramienta geopolítica y símbolo de soberanía recuperada. En política exterior, el mensaje es aún más claro: America First no es aislacionismo sino priorización absoluta de intereses nacionales sin el barniz de valores universales. La aprehensión de Maduro lo ejemplifica perfectamente. No se justifica solo con democracia o derechos humanos sino con poder desnudo.
La reforma del Estado completa el cuadro. Vought describe la burocracia federal como el mayor obstáculo para un gobierno nacionalista porque «rechaza la noción misma de cultura nacional». Desmantelarla es proyecto estratégico para «salvaguardar a América como cultura blanca y judeocristiana». Esto es gubernamentalidad en el sentido foucaultiano: no solo reprimir sino conducir las conductas, crear un Estado que produzca sujetos alineados con identidad nacional definida por MAGA. Pero quizás el mecanismo más poderoso del triunfo de MAGA es su dominio absoluto de la economía de la atención. Han, citando a Chris Hayes, argumenta que hemos pasado de la information age a la attention age. La atención es ahora un recurso finito commodificado, y quien captura atención gana.
Los números son apabullantes. Fuentes tiene 1.2 millones de seguidores en X y cerca de un millón de visualizaciones por episodio. La entrevista de Tucker Carlson con Fuentes alcanzó 6.5 millones de views. Joe Rogan, quien entrevistó extensamente a Vance durante la campaña, tiene audiencias de decenas de millones. X bajo Musk se ha convertido en plataforma amigable con MAGA. Pero el dominio no es solo cuantitativo. MAGA entiende algo fundamental: que la política ya no es sobre hechos sino sobre identidad. En la «liquid modernity» que describe Zygmunt Bauman, donde todo cambia tan rápido que nada se estabiliza, la gente deja de creer que existe verdad absoluta y conocible, y en su lugar confía en emociones o subjetividad para determinar qué acepta como verdadero. MAGA no pelea en el terreno de los hechos objetivos. Pelea en el terreno del significado. Cuestiona el poder de las élites convencionales para definir qué es correcto, qué es incorrecto y qué importa.
MAGA usa además el concepto de «free speech» como meta-estrategia. Vance está obsesionado con la libertad de expresión y la enmarca como carácter nacional americano bajo ataque. En NatCon 2025 varios speakers afirmaron que el establishment usó la censura como mecanismo de supervivencia. Republicanos en el Congreso crearon un comité para investigar el «censorship industrial complex«. Pero «free speech» aquí no es un principio liberal aplicado consistentemente sino una táctica para desregular plataformas donde MAGA tiene ventaja. Los vínculos entre MAGA y gigantes tecnológicos, especialmente Musk con X, intensifican el compromiso de rollback de regulaciones. Y MAGA es maestra del performance político. Han señala que en la era digital el performance importa más que la sustancia. No es casualidad que Fuentes use ironía y humor para atraer a la Generación Z mientras provee negación plausible de sus puntos de vista. Los groypers usan memes como marcadores tribales, como forma de crear instantáneamente in-group y out-group. Trump es el maestro absoluto: cada aparición es espectáculo, desde llegar en helicóptero dorado hasta firmar órdenes ejecutivas con Sharpie gigante frente a cámaras. Es política como entertainment, y en la era de atención fragmentada funciona perfectamente.
Lo que está en juego es la fragmentación de la esfera pública estadounidense. Antes los medios mainstream determinaban qué era noticia, las universidades certificaban qué era conocimiento, los think tanks liberales producían consenso. Ahora existen múltiples esferas públicas con voluntades de verdad incompatibles. En la MAGA-sphere, Tucker Carlson, Joe Rogan y Fuentes son autoridades. Las universidades son centros de adoctrinamiento woke. El New York Times es fake news. No es anti-intelectualismo sino construcción de infraestructura epistémica alternativa. Y esa infraestructura está ganando la batalla por la atención, que en la era digital es la batalla por el poder mismo.
Realismo sin máscara y la batalla por el sentido
El filósofo francés Alain de Benoist, al analizar la aprehensión de Maduro, captó algo esencial sobre el momento que vivimos. Trump ha abandonado el barniz ideológico liberal. Ya no finge defender democracia y libertad. Simplemente ejerce poder desnudo. Como escribe de Benoist, Stephen Miller resumió la justificación con brutal claridad: «Vivimos en el mundo real, un mundo regido por la fuerza, la potencia y el poder». Esto significa que los derechos humanos, las consideraciones morales y el Estado de derecho no pertenecen al «mundo real» según esta nueva visión. Esto es profundamente foucaultiano. Foucault siempre insistió en que el poder no es solo represivo sino productivo. Produce realidades, rituales de verdad, subjetividades. MAGA está produciendo una nueva realidad política donde America First no es un eslogan vacío sino una ontología completa. Una realidad donde no hay comunidad internacional sino solo naciones en competencia, donde no hay derecho internacional sino solo relaciones de fuerza, donde no hay valores universales sino solo culturas particulares luchando por sobrevivir.
Esta coherencia brutal tiene una ventaja decisiva: es honesta. El liberalismo estadounidense durante décadas proclamó valores universales y ejercía un poder global. Promovió democracia . Defendió libre comercio pero impulso la industria en China. MAGA abandona la hipocresía. Dice abiertamente: vamos a hacer lo que sea mejor para América, punto. No hay pretensión de actuar en nombre de la humanidad. Esta honestidad brutal resuena especialmente con quienes han visto cómo el orden liberal los ha dejado atrás. La pregunta que surge naturalmente es: ¿a dónde nos llevará esta política?En una era anti-incumbent, la polarización marca no solo la vida política sino la convivencia humana. MAGA gana porque promete ruptura y disrupción de un orden que no genere las mejores condiciones.
Tampoco puede ser simplemente copiar a MAGA. Los intentos de demócratas de hablar más duro sobre inmigración o adoptar retórica nacionalista suenan a imitación torpe. La Nueva Derecha americana ganó porque leyó a Foucault mejor que la izquierda académica y entendió a Han antes que los progresistas. Comprendió que el poder no está en los argumentos sino en quién controla el relato. Mientras la izquierda discutía en seminarios sobre interseccionalidad, MAGA tomó las calles, las redes y ahora el Estado. Nick Fuentes tiene veintisiete años y cena con ex-presidentes. Trump toma decisiones por todo el mundo. La Nueva Derecha americana está construyendo un modelo de política en Estados Unidos. Y en ese orden, como nos recuerda de Benoist citando a Tucídides hace dos mil años, los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que tienen que sufrir. La pregunta es: ¿se podrá exportar este tipo de relato a otras partes del mundo?



