Este no es un tiempo común. Muchos sucesos tienen la apariencia de cisnes negros: acontecimientos improbables y sorpresivos que devienen en la distorsión de la historia. Por lo tanto, la normalidad y la estabilidad parecen ser vestigios del pasado, aunque nunca se supo a cabalidad que es la normalidad y estabilidad. De todos modos, somos conscientes de que es un periodo de transición complejo, como dice la frase; a rio revuelto ganancia de pescadores. Ahora bien, este contexto trae consigo un factor y ejercicio de poder de la clase gobernante; la ocultación de la verdad.
La posverdad, palabra del año 2017, según Oxford es un fenómeno que se produce cuando «los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales». El uso de la mentira en política sirve conseguir objetivos e intereses, generalmente desde posiciones de gobierno, despreciando la realidad y los elementos facticos. Es decir, el uso de la mentira en política para preservar y sostener el poder.
El libro de Hannah Arendt, la pensadora más influyente del S. XX, “La Mentira en Política” (Alianza, 2022), analiza los Papeles del Pentágono sobre la implicación de los Estados Unidos en Vietnam, en comparación con la imagen que proyectaba el gobierno de turno. Y también su ensayo la “Verdad y Política” (The New Yorker, 1967) versa sobre esta temática.
Arendt señala:
“Desde el punto de vista de la política, la verdad tiene un carácter despótico. Por esto es odiada por los tiranos, que temen correctamente la competencia de una fuerza coercitiva que no pueden monopolizar. Una opinión indeseada puede ser debatida o rechazada, pero unos hechos indeseados poseen una obstinación exasperante a la que nada se puede contraponer, excepto la mentira pura”
Más adelante, explica:
“Lo que parece incluso más inquietante es que, al tiempo que las verdades factuales indeseadas son toleradas en países libres, a menudo son transformadas, consciente o inconscientemente, en opiniones”
Con todo, Arendt revela que los hechos factuales pueden ser cuestionados constantemente por no ser auto-evidentes. Como sí lo son las sumas matemáticas. En cambio, son la acumulación de indicios, testimonios, razones y pruebas que pueden ser puestas en entredicho en el terreno de las opiniones.
En la modernidad o posmodernidad existe una potencial “manipulación de los hechos” facilitada por el desarrollo tecnológico de los medios de comunicación. Para los gobiernos totalitarios es fácil“lograr que la gente común olvide la diferencia entre lo verdadero y lo falso, toda vez que, si se resisten a ello, su vida y la de los suyos se encontrarán en peligro…Los seres humanos apostarían por la vida y los regímenes totalitarios lo conocen y extraen provecho de ello” escribe Nuria Sánchez Madrid. También se observa una teatralización de la política en las naciones democráticas e híbridas. Dónde los dictámenes de asesores buscan crear la imagen de un «país o gobierno exitoso» con la construcción de la opinión pública con técnicas específicas, y no por el consenso y análisis sosegado de los hechos.
Este juego político se traduce en el engaño de la sociedad civil, pero muy probablemente mude en autoengaño de los propios gobernantes, que atendiendo a las mentiras abandonen la senda de la realidad. Sin embargo, no siempre es claro que la realidad tenga un peso específico para variar tales circunstancias, por muy evidente que sea.
En 1939, George Orwell escribía sobre el libro “El Poder” de Bertrand Russell:
“Por debajo de eso está la idea de que el sentido común siempre acaba prevaleciendo. Y, sin embargo, el peculiar horror del momento presente es que no podemos estar seguros de que sea así. Es bastante posible que estemos llegando a una era en la que dos más dos sumarán cinco cuando el Líder diga que es así. El señor Russell señala que el enorme sistema de la mentira organizada del que dependen los dictadores mantiene a sus seguidores al margen de la realidad y por tanto tiende a ponerlos en desventaja contra aquellos que conocen los hechos. Esto es verdad hasta cierto punto, pero no prueba que la sociedad de esclavos que busca el dictador vaya a ser inestable. Es bastante difícil imaginar un Estado en el que la casta dominante engañe a sus seguidores sin engañarse a sí misma. ¿Alguien se atreve a estar seguro de que algo de ese tipo no está a punto de existir? Uno solo debe pensar en las siniestras posibilidades de la radio, la educación controlada por el Estado y cosas por el estilo, para darse cuenta de que ‘la verdad es grande y prevalecerá’ es más una oración que un axioma.”
En 1946, Orwell redactó lo siguiente:
“Cuando uno mira la esquizofrenia predominante en las sociedades democráticas, las mentiras que se deben contar para conseguir votos, el silencio sobre los asuntos importantes, la distorsión de la prensa, resulta tentador creer que en países totalitarios hay menos patrañas, que se afrontan más los hechos. Allí, al menos, los grupos dominantes no dependen del favor popular y pueden enunciar la verdad cruda y brutalmente. Goering podía decir ‘Armas antes que mantequilla’, mientras que sus rivales demócratas tenían que envolver la misma idea en cientos de palabras hipócritas. En realidad, sin embargo, la evitación de la realidad es en general la misma en todas partes, y tiene en general las mismas consecuencias.”
La ocultación de la verdad es un fenómeno que ocurre en circunstancias en las cuales la sociedad está fragmentada, el desempeño de los gobiernos es malo, o los intereses de las élites dominantes son contrarias al interés público. Este factor de poder sucede en sociedades totalitarias y democráticas, pero en tiempos anormales su uso puede convertirse en un recurso esencial para los gobernantes.
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