El masismo ya no es solo un “instrumento político” como se definió desde su primera participación electoral en 2002, es un aparato de propaganda y prebenda que ha copado la política boliviana, incluida a la oposición coyuntural que va de fracaso en fracaso desde 2006.
El sentido caudillista de esa organización partidaria responde a la naturaleza de sus organizaciones sociales corporativas, nacidas en el sindicalismo de narrativa marxista y guevarista. El ingrediente indigenista del “sujeto histórico” como nuevo protagonista de la “revolución cultural” es aditamento cortesía de las ONGs que impulsaron la figura de Evo Morales como el “indio bueno”, en desmedro del radical Felipe Quispe “El Mallku” cuya tendencia era más indianista, no apta para una alianza de clases con la academia blanca de las universidades estatales.
El masismo llegó a gobernar en el marco de una estrategia internacional de toma del poder, desde las desafortunadas declaraciones del embajador de EEUU Manuel Rocha en los comicios de 2002, cuando se volvió el “mejor jefe de campaña” de Morales y con palabras de intromisión desbarató las encuestas del mapa electoral a favor del jefe cocalero. El masismo también aprovechó su alianza con el castro-chavismo para sacar rédito de la crisis boliviana de 2003. Morales huyó del país solo para retornar y hacerse el rostro de la “víctima histórica” y plagiar la llamada Agenda de Octubre para plantear un programa de gobierno que seduzca a esas masas votantes a las que Morales jamás representó como dirigente deportivo o productor de coca en el colonizado Chapare. A las figuras de la Embajada Norteamericana y 60 ONGs asentadas en todo el país, como el Centro de Documentación e Información de Bolivia (CEDIB) o la aún vigente Andean Information Network, se sumó todo un aparato mediático que hizo de Morales Ayma un presidenciable potable.
Carlos Mesa, que fuera periodista y accionista dueño de la red televisiva PAT, junto a su escudero Mario Espinoza, por ejemplo, abrió las puertas a quien sería el acompañante de fórmula y segundo al mando del jefe cocalero durante 14 años en un halo de “intelectual de clase media”. Alvaro Garcia Linera se presentaba en pantallas como un analista solvente y no como un ex reo vinculado a la célula terrorista EGTK. La justicia lo había liberado de cualquier responsabilidad. Mesa fue presidente de Bolivia, pero tuvo que renunciar porque no logró forjar un aparato político interno. Se enfrentó sin razón al oriente y dio la mano al jefe cocalero a quien ya le había concedido amnistía por los hechos sangrientos de octubre de 2003. El poder político había liberado a Morales de cualquier responsabilidad.
El tablero político quedó quebrado. Los partidos tradicionales del MNR, ADN y MIR habían perdido a sus jefes históricos y símbolos, Víctor Paz en junio de 2001 y Hugo Banzer en mayo de 2002, mientras Jaime Paz perdía la sigla en 2006 sin haber participado en una elección presidencial sino por el 2% que obtuvieron sus candidatos a la Asamblea Constituyente, ya con el MAS controlando el aparato estatal. Morales ganó la Presidencia con holgura y dominó la Asamblea Constituyente “originaria” para “refundar Bolivia”. Su carácter totalitario se dio desde el inicio al querer imponer la mayoría simple para la aprobación de cada artículo de la nueva Constitución Política del Estado, mientras la oposición marchaba en demanda del respeto a los dos tercios.
Morales ganó la Presidencia al derrotar a los sucesores de Banzer y Paz. Jorge Quiroga y Samuel Doria Medina se constituyeron desde 2005 en los primeros opositores al caudillo, eran los rostros que pretendían relevar a sus antecesores como jefes de partido y como presidentes de la República electos por voto, pues Quiroga había heredado un año de gestión cuando el líder de ADN tuvo que renunciar a la primera magistratura agobiado por el cáncer. En otro frente se había comenzado a formar el liderazgo de las regiones. Manfred Reyes Villa, que fue parte del epílogo de la “partidocracia” e incluso de Octubre Negro, logró sobrevivir y reinventarse. El cochabambino, junto a los prefectos de La Paz, Santa Cruz, Tarija, Beni, Pando y luego Chuquisaca, amenazaban el proyecto totalitario y socialista del cocalero y sus aliados marxistas. Ahí pudo darse el viraje en la nueva Bolivia “plurinacional”, pero fueron precisamente los jefes partidarios quienes dividieron para perder.
El referendo revocatorio de 2008 mermó el proyecto autonomista de un país visto desde las regiones. Quiroga con su bancada minoritaria de Podemos, militantes de ADN y del MIR, no solo aprobó ese proceso sino que validó un reglamento que beneficiaba y blindaba a Morales ante cualquier posibilidad de derrota. En cambio, sellaba el destino de dos presidenciables como fueron Reyes Villa y su par paceño José Luis Paredes. Cochabamba y La Paz, como nichos departamentales, quedarían de esa forma a merced del masismo por una década. Doria Medina, a su vez, quedó como otro opositor dominado por el masismo. Su rostro blanco y su billetera de empresario lo hacían presa fácil para que en el discurso populista, marxista y hasta progresista, sea llamado como “neoliberal y vende patria”, dos apelativos de propaganda y narrativa muy bien empleados por el masismo para lavar el cerebro a las masas, como son “golpista” o “masacrador” en el tiempo reciente.
No está demás decir que la carencia de programas políticos alternativos o que salgan del nicho social demócrata estatista, también influyó para que la oposición nunca haya tenido posibilidades reales de bajar al MAS y su caudillo del poder. Por ello se explica la mayoría absoluta del MAS en los comicios de 2009 y 2014, incluyendo el margen de fraude que pudo, con seguridad, activar el masismo mediante sus operadores venezolanos. Tuvieron que ser los errores, el desgaste y sobre todo la tiranía de la cúpula enferma de poder del masismo, lo que abriría un nuevo frente de oposición real, tangible e imparable.
“¡Bolivia dijo no!” no era un “trisílabo” como catalogó con ignorancia y arrogancia jacobina el falso exvicepresidente. Aquel fue un movimiento ciudadano genuino, germinado en el hastío de ver a Morales y su cúpula prebendal y corrupta aferrados al poder. En 2014 “se perdonó” que el masismo haya violado la CPE, porque se creía que mediante el voto aquello se podía subsanar, pero no fue así. Luego se dejó llevar el tema de la reelección a las urnas, porque se creía que mediante el voto se iba a poner candado a las aspiraciones del caudillo masista, pero pese a la victoria del 51%, esa cúpula enferma habló de “empate técnico” primero y luego de “otras vías” para insistir en la re-re-reelección. Nuevamente, el escenario desplazó a la clase política para dar voz a las plataformas ciudadanas que desde el 21 de febrero de 2016 no pararon en ser la verdadera oposición al MAS.
Las elecciones de 2019 devolvieron a Mesa a la arena política. Pese a su pasado tibio y sus encuentros cercanos con el masismo, los ciudadanos apostaron por él como alternativa potable. Santa Cruz, con la que el historiador había tenido desafortunados impases en su efímero gobierno, demostró valor cívico y le otorgó confianza plena con el “voto útil”. Mesa iba a volver a la Presidencia y sería el elegido para derrotar a Morales en las urnas y con ello romper el mito del “líder indígena”. El masismo no lo permitió y apeló a la mala leche del fraude o, en palabras de la auditoría de la Misión de Observación Electoral de la OEA, una “manipulación dolosa de resultados”.
Bastó manipular 30.688 votos para decir que Morales había superado la primera vuelta y con ello el jefe cocalero proclamaba en las escalinatas de Palacio Quemado ser el único político que “ganaba cuatro elecciones consecutivas”. Bastó 21 días para que Bolivia salga a las calles a defender su voto y la democracia. 21 días para que la demanda por segunda vuelta mute al pedido de renuncia del jefe masista a la Presidencia. Incluso sus aliados corporativos de la COB y su mando militar, porque él mismo los puso de jefes en las FFAA, le “sugirieron” renunciar.
Tras la rebelión de 2019, se sintió un breve respiro de esperanza en el país. Sin embargo, la estrategia del socialismo del siglo XXI volvió a encender a este país y con ello se repitió Octubre Negro para tratar de desestabilizar a Jeanine Áñez, la presidenta constitucional de transición. La violencia política y el factor externo del Covid-19 terminaron por mermar la conciencia y voluntad ciudadana, mientras el masismo reflotaba y se perfilaba a retornar al poder.
Si los pueblos no aprenden de sus errores están condenados a repetir su magra historia. Así sucedió con Mesa otra vez en el ruedo sin entender que su tiempo ya había pasado; sucedió con Áñez que se dejó seducir por voces de prorroguistas y traidores; sucedió con el liderazgo regional que a diferencia del movimiento autonomista de 2007 no tenía bases militantes para encarar el reto nacional. El MAS no solo ganó otra vez con holgura, incluidos los puntos de fraude que una vocal reconoció aunque sin pruebas, sino que volvió para hacer más de los mismo: prebendas, manipulación de las cifras macroeconómicas, cacería política, censura a la prensa y perversión del sistema de justicia.
Hoy Morales es un expresidente que se resiste a jubilarse. Ha comenzado la pugna interna y necesita retomar el control de la Policía y la seguridad interna del país, quién sabe por qué motivos. Sin embargo, esas pugnas no son una división, al contrario, significan una multiplicación interna para que el masismo sobreviva otra década con sus variantes no solo en el poder sino también desde la oposición, porque saben que en dos décadas lograron dominar la política interna y someter a su ya inexistente competencia partidaria. Solamente el recambio generacional y la superación al sistema, desde una alternativa liberal / conservadora es el futuro para Bolivia. Más de lo mismo, con la clase política descrita, implica caer sin esperanza alguna en esa espiral de colectivismo totalitario acorde al globalismo y sus denominadas Agendas 2030 y 2050.

Iván Rada
Periodista, director del diario digital Visor 21 y asesor político.
Se considera “Liberal Conservador y Federal”.
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